Hay días en los que el calor no avisa, simplemente ocurre. La rutina sigue —salir de casa, caminar unas cuadras, esperar el transporte— hasta que el cuerpo empieza a resentirlo: mareo, fatiga, deshidratación. En un contexto de cambio climático, estos episodios son cada vez más frecuentes y más intensos, convirtiendo lo cotidiano en un riesgo silencioso. El calor extremo ya no es un fenómeno excepcional, sino una condición creciente que está redefiniendo los límites de seguridad para millones de personas.
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