Bristol se convirtió en la primera ciudad británica en prohibir la publicidad de moda rápida en espacios propiedad del ayuntamiento. La decisión también restringe los anuncios de todoterrenos, aerolíneas, cruceros y combustibles fósiles, como parte de una política que busca reducir la promoción de actividades consideradas perjudiciales para el clima, la calidad del aire y la salud. Con ello, la ciudad no sólo regula qué puede anunciarse en sus espacios públicos: comienza a modificar las condiciones bajo las cuales determinadas industrias pueden relacionarse con los consumidores.
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